El Faro

EL ÚLTIMO VIAJERO

LA CHUMBERA

IÑAKI RODRÍGUEZ -Escritor-

Nuestro planeta quiere escuchar, pero sólo percibe palabras necias. Late su corazón, puro fuego, en lo más profundo del volcán. Corre su sangre, que es lava, por los pliegues de su piel. Busca su equilibrio entre el desierto y el glaciar… Las chumberas, los oídos del mundo, están pereciendo. Pobre tierra, se ha quedado sorda. En lo que fue una cascada, llora un sueño de verano que se desvanece. Los laberintos óseos y membranosos que posee se han atrofiado. Ensimismada, anda furiosa y se revela a menudo, abriendo el ojo al huracán y  envolviéndonos en el violento abrazo del tornado. Nos hemos desentendido de nuestra madre, del entorno natural y sus necesidades. Poco importa a nadie cómo siente o piensa la naturaleza. Muy cansada de nuestra continua amenaza, ha decidido que es mejor perder la audición. Sencillamente no decimos nada que merezca la pena oír. Ella no desea escucharnos más. Nuestros mensajes no calan. La lluvia es barro y los océanos son hoy balsas de plástico y gasolina. Los bosques están ardiendo y nuestro mar, el Mediterráneo, se ha convertido en una enorme fosa común de cuerpos y proyectos hundidos. Podemos hablar, pero si el mensaje no llega con nitidez al corazón de los demás ¿de qué sirve? Lo mismo ocurre con la tierra. Se está muriendo la chumbera, si, como se muere el bebe que no se mima o alimenta, como fenece el río, una vez contaminadas sus aguas, como están sucumbiendo los corales y los peces. Lo pide el pájaro y la higuera. Lo suplica la nutria y el oso. Nos lo imploran a su manera, con un silencio sepulcral que pide ayuda a voces y una enorme tristeza en la mirada. El globo terráqueo quiere escuchar, pero sólo llegan a sus oídos palabras necias. Ya no canta la cigarra y nosotros ¿qué hacemos? Mientras el dinero siga siendo el motor que mueve al mundo y no el amor, que Dios se apiade de nosotros. Cuando la chumbera vino de América pronto se convirtió en testigo presencial de nuestras vidas. En el sur de España, nos ha acompañado día y noche ¡Las hay por todos los caminos! La añora el resplandor del sol y el claro de luna sólo piensa en ella. Quiero que se cure nuestro planeta. Deseo fervientemente que la gente con alma cristalina susurre de nuevo al corazón de la tierra y le diga con voz limpia, que no la vamos a dejar morir, que la queremos, que vamos a luchar por ella… Sin amenazas, rencores, ni violencia. Como los dueños de la flecha, antiguos propietarios de la tierra. Así de respetuosos debemos ser, los nuevos amos del planeta.

URL: http://elfaromotril.es/?p=113483

Escrito por ElFaro en 3 nov 2018. Archivado bajo Opinión. Puedes seguir las respuestas de esta entrada por el RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta o un trackback a esta entrada

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