El Faro

LOS CUENTOS DE CONCHA

LAS BRUMAS

CONCHA CASAS -Escritora-

Esa mañana el lago estaba más vivo que nunca. Desde que Laura se estableció allí, cada mañana después de desayunar iba a su orilla para escucharlo. La noche anterior había llovido y las brumas danzaban en la superficie del agua dándole un aspecto aún más mágico del que siempre ofrecía.

Sabía que si ponía la suficiente atención, algún día podría descifrar los misterios que en él se encerraban.

Había llegado a la Bretaña francesa hacía un año. Un contrato de trabajo, al fin de su especialidad, que aunque la llevó lejos de su casa, aceptó con los ojos cerrados. Había terminado  la carrera hacía cinco años, y apenas había trabajado más que de camarera o vendedora, por eso no dudó ni un segundo cuando tras enviar cientos de currículums a diferentes empresas, le respondieron de esta.

Al principio se sintió sola, ni siquiera hablaba el idioma. Aunque tenía conocimientos básicos de él, apenas lo suficiente para sobrevivir al hacer la compra. Pero nada que le permitiese mantener una conversación fluida para empezar a relacionarse.

De manera que se centró en el maravilloso medio que la rodeaba y empezó a estudiar y conocer su historia. Primero la oficial, pero enseguida llegó más allá. En realidad no fue muy difícil hacerlo. Hasta los distritos del bosque tenían los nombre míticos que en sus oídos sonaban a infancia, hogar, a los cuentos que le contaba su abuela, Vivian, Merlín, Morgana…

Su mente científica le hizo acercarse a ellos con un cierto paternalismo. No dejaba de sorprenderle como habían hecho de la leyenda su forma de vida. Muchos de los pueblos que ocupaban el bosque de Broceliande vivían de esos personajes de cuento. Tiendas de hadas, gnomos, merlines y demás seres mitológicos, se extendían por todo su perímetro.

Hacía seis meses la cambiaron de su primer destino a este, en pleno corazón del bosque. Y fue ahí donde empezó a sentir la llamada de ese mundo mágico que ahí parecía cobrar vida.

Releyó las historias de Arturo y su mesa redonda. Las aventuras de los caballeros que buscaban el grial y sobre todo la angustiosa y dura historia de Morgana, por la que desde el primer momento sintió  una atracción especial.

No sabría decir en que momento supo que había algo más, algo que su mente racional era incapaz de procesar, pero que la invitaba a perderse en el bosque y cerrar los ojos intentando ver lo que con ellos abiertos era incapaz de captar.

Un sábado, perdida en aquellos paseos interminables por el bosque, llegó a un pequeño pueblito, casi aldea, en la que había una curiosa Iglesia, llamada Del Grial. Se paró en la entrada a contemplarla y le llamó la atención el rótulo que coronaba su puerta. Decía así: la puerta está dentro . Traspasó el umbral y la recorrió visualmente. Le sorprendió encontrar escenas de las leyendas que tanto la obsesionaban últimamente, en lugar de los típicos cuadros o imágenes de santos.

Algo hizo que se dirigiera hacia la izquierda, a la parte opuesta al altar. Allí había un dintel sin puerta,  y bajo él se situó. Por inercia cerró los ojos y una intensa y desconocida oleada de energía la

recorrió de  arriba a abajo  haciéndole rechinar hasta los dientes.

Abrió los ojos impactada por lo que acababa de vivir y por dos veces salió y volvió a colocarse en ese lugar que parecía vivo.

Esa fue la primera vez que supo que había algo más allá de lo que su raciocinio le hacía creer.

Y así fue como inició su propia búsqueda. Algo se le estaba escapando y con su hemisferio izquierdo era incapaz de averiguarlo. De manera que decidió dedicarle atención al derecho. A ese que siempre había tenido arrinconado y olvidado.

Fue un trabajo arduo, desaprender lo que hasta hacía bien poco había constituido la base de sus creencias fue difícil. Pero  la evidencia de lo que sentía la invitaba a seguir.

A veces creyó que estaba perdiendo cordura, que el estar tan sola la llevaba a creer absurdos… pero no, una y otra vez se repetían fenómenos para los que no había ninguna explicación, al menos ninguna racional.

Y siguiendo su instinto se dejó llevar por ellos, se sumergió en el bosque y se hizo una con él. Y así fue como aprendió a escucharlo y sobre todo a entenderlo. Aunque en ocasiones su mente racional se hacía con el mando y no la dejaba escuchar más que sus pensamientos.

A primera hora cuando todavía su cerebro estaba adormilado, era cuando más capaz se sentía de comulgar con esa naturaleza que sabía que quería decirle algo. Por eso iba al lago cada mañana. Y por eso al fin, consiguió que las brumas le hablaran.

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Escrito por ElFaro en 10 sep 2018. Archivado bajo Opinión. Puedes seguir las respuestas de esta entrada por el RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta o un trackback a esta entrada

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