El Faro

LOS CUENTOS DE CONCHA

BLUCES

CONCHA CASAS -Escritora-

Mientras preparaba el desayuno hablaba con su gata, con ella y con los otros gatos que alertados por el delicioso aroma que subía desde la cocina hacia los tejados más cercanos, se acercaban cada mañana a compartir la primera comida del día con él.

Curro vivía solo desde que hacía ya más de dos años, había pasado a engrosar la lista de divorciados.

Hacía casi treinta años que la conoció. Y desde entonces su norte y su guía se los había entregado sin reservas a esa mujer, que de pronto parecía haberse cansado de él.

Aunque era evidente que no había sido de pronto. Treinta años dan para mucho. Quizás ella tenía razón y él se había relajado en muchas cosas. Pero se la veía tan feliz con sus hijos, tan ocupada cuidando de ellos… le gustaba llevarlos de la mano mientras les enseñaba la vida….que por otro lado desde que habían nacido giraba en torno a ellos.

El ocio, los viajes, los horarios, las comidas, hasta lo más simple y cotidiano dejó de tener sentido más que el que tenía para y por ellos.

Y él se dejó llevar por esa vorágine que en torno a sus crías creó su mujer.

Es cierto que se apartó en muchas ocasiones, pero quizás era porque se sentía de más. ¿Qué pintaba él en aquel tándem de la madre y sus cachorros?

Es cierto también que cuanto más se alejaba menos cabida tenía, y por eso por caber menos, se alejaba más.

Acariciaba a su gata y le parecía que el tiempo no había pasado, que esos treinta años habían sido un sueño…

Antes de conocerla  él ya tenía gatos, se fue pronto de la casa materna y movido por los revolucionarios sones del 68, se creó su propia vida, que fue solo suya hasta que dejó de serlo. Cosa que ocurrió cuando ella le arrebató el corazón.

Lo primero que le planteó para mudarse con él fue dejar a los gatos, no soporto su olor, le dijo. Y él se desprendió  de los que habían sido sus compañeros de vida sin importarle nada, o casi nada porque en ella encontró lo que buscaba desde siempre, su hogar, su estabilidad y su refugio. Tan seguro estaba de que así era, que en su primer viaje juntos le dio su cartera para que fuera de ella, sabiendo que la cuidaría mejor que él mismo. Y así fue durante muchos años.

Por eso pensó que lo suyo era para siempre, que los árboles de su jardín ya habían agarrado y que no hacía falta ni regarlos, que incluso sin agua  podrían sobrevivir a la más pertinaz sequía.

Es evidente que equivocó sus cálculos, el agua es fuente de vida y sin ella el desierto ocupa lo que antes fue vergel.

Pero todo eso ya daba igual, podía sembrar nuevas plantas y cuidarlas para que en esta ocasión no se secaran, pero las que él quería y añoraba cada minuto de su nueva existencia eran irrecuperables.

Y curiosamente, como si la vida fuese un bucle eterno, como si el tiempo no hubiese pasado, volvía a estar solo o mejor dicho volvía a estar acompañado de otra gatita, como la que abandonó por ella.

Ni siquiera  la buscó, se coló un día en su casa mientras se calentaba la leche y fue su maullido el que lo enamoró porque gracias a él, se volvió a escuchar a sí mismo. Le hablaba y él le contestaba. Escuchar la voz de uno cuando se está tan solo es muy importante, sobre todo si va dirigida a alguien, aunque ande a cuatro patas y apenas diga más allá de miau.

Por eso le parecía que el tiempo no había pasado porque como tanto tiempo atrás, volvía a estar solo con un gato, con su gato.

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Escrito por ElFaro en 6 ago 2018. Archivado bajo Opinión. Puedes seguir las respuestas de esta entrada por el RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta o un trackback a esta entrada

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