El Faro

LOS CUENTOS DE CONCHA

EL VIAJE DEFINITIVO

CONCHA CASAS -Escritora-

Como cada año, acabaron los fríos y llegó el sol para ocuparlo todo. A pesar de los augurios catastróficos de cambios apocalípticos en el planeta, las flores volvían a salir y el aire volvía a oler a todas las esencias que estas dejaban por doquier.

Sin embargo ninguna flor era la misma, ni la percepción del calor sobre la piel le devolvía las sensaciones de aquellos lejanos veranos de su infancia primero y de la adolescencia después.

¿Había tenido alguna vez infancia?,  se preguntaba Jacinta, sentada en aquella mecedora de la que apenas se movía ya.

Se sentía tan lejos de aquella niña que fue… sentía que en su larga vida, había habido muchas. Muchas ella. Y que en algún sitio perdido en el éter estaban todas, continuando con aquellas vidas que ya no eran la suya.

Tenía ganas de irse. Hacía mucho tiempo que esa sensación la embargaba. Apareció por primera  cuando se quedó sola. Cuando los hijos, uno a uno empezaron a marcharse de la casa y a contemplarla como a una aburrida obligación a la que cada vez tenían más prisa por dejar atrás.

Y no es que ella viviera a través de sus hijos, ni mucho menos. Su vida siempre había sido muy intensa, tanto, que en ocasiones pensaba que si alguna vez la contara, nadie la creería. Quizás por esa intensidad lo vivía todo hasta el límite. Y por supuesto la maternidad no iba a ser menos. Fue la mas dedicada de las madres para sus hijos y la mas entregada… al menos hasta que ellos se dejaron hacer.

Sin embargo, según fueron creciendo, sobre todo tras el fin de su matrimonio, ella fue buscando espacios propios que cada vez eran más grandes y cada vez la llenaban más.

Tuvo amores cuando se supone que ya no se deben tener,  maduros, otoñales y finales – como ella los definía una vez que pasó la barrera de los setenta – viajó mucho, todo lo que pudo y le permitía su economía, se bebió a la vida a tragos …

Pero aún así, tras la marcha de los hijos, empezó a sentir que ya había hecho todo lo que tenía que hacer en esta vida. Amar, ser amada, trabajar,  poseer, formar una familia, conocer mundo… Al principio era una idea que le venía en los momentos de bajón, cuando se sentía sola, cuando todavía no había aprendido a estar con ella misma, sin necesidad de nadie más.

Sin embargo, con el paso de los años, esa idea fue haciéndose un hueco cada vez mayor. La asaltaba de improviso, cuando menos lo esperaba … irse …

Ya hacía mucho tiempo que no lo veía como algo triste, sino como una liberación.

Sentía que era el viaje que le quedaba por hacer. Desde que se jubiló y hasta que las fuerzas aguantaron, recorrió medio mundo y parte del otro. De cada uno de ellos volvía nueva, renovada, crecida… y con más deseos aún de irse de nuevo.

Por eso aquella postración final le venía tan grande. Ver la vida desde la ventana no era algo que fuera con ella.

Afortunadamente conservaba la vista, con lo que sus libros seguían ahí, a su lado. Además ese formato nuevo que le regaló uno de sus hijos en sus últimas visitas, con el que podía ampliar la letra hasta donde quisiera, le había facilitado mucho continuar con una de las pocas pasiones que aún podía experimentar.

Pero aquella idea sobre su propia marcha, la venía a visitar cada vez con más frecuencia. El viaje definitivo la atraía tanto o más como en su día lo habían hecho los destinos más exóticos. Sabía que al otro lado había más, mucho más de lo que ni siquiera podíamos llegar a imaginar. No solo lo había experimentado en las dos ocasiones en las que estuvo a punto de morir, sino que en sus múltiples experiencias por tantos países y tantas culturas había conectado con la magia de la tierra y con la del cielo también.

En los últimos tiempos además, sus familiares más cercanos la visitaban con mucho asiduidad. A sus padres y a sus abuelos los veía a los pies de su cama cada vez que se metía en ella. Y lejos de asustarse, les animaba a que se la llevaran con ellos.

Esa mañana además, a pesar de que el sol lo llenaba todo, una neblina ligera, que empezó a sospechar que solo veía ella, parecía cubrir todo el espacio. Al menos el espacio en el que ella se movía, porque Adela, la muchacha que cada día venía a asistirla en lo más básico, le negó rotundamente su existencia.

De pronto escuchó su nombre. Fue extraño, porque sintió que sonaba en su interior. Aún así su razón la obligó a llamar a Adela. Quizás se le había olvidado algo y había vuelto sin ella darse cuenta.

Pero no, Adela no contestó a su llamada. Es más, la neblina con la que se despertó esa mañana se fue haciendo más y más densa. Y de pronto los vio. Allí estaban ellos sonriéndole, como cada noche los veía a los pies de su cama. Pero en esta ocasión le tendían la mano.

Loca de alegría, saltó con una agilidad que hacía mucho tiempo la había abandonado, de su eterna mecedora. Y aferrándose a sus manos, comenzó ese viaje con el que tanto tiempo llevaba soñando.

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Escrito por ElFaro en 9 jul 2018. Archivado bajo Opinión. Puedes seguir las respuestas de esta entrada por el RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta o un trackback a esta entrada

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