El Faro

LOS CUENTOS DE CONCHA

EL  TÚNEL

CONCHA CASAS -Escritora-

Entró en el túnel. No era la primera vez que lo hacía, pero sí la primera que tomaba conciencia de él. Y quizás lo extraño fuera eso, el no haber sido consciente de lo que ese túnel desprendía.

Curiosamente su historia había estado ligada a la suya desde el principio. Por esa serie de sincronicidades que antes nos empeñábamos en llamar casualidades, las dos personas que dirigieron la  construcción del mismo aparecieron en su vida, mientras iniciaban la del túnel.

Primero fue Blanca, ingeniera de Ferrovial que se encargó de las primeras prospecciones que se hicieron en la zona,  con un contrato de trabajo a fin de obra que la llevó a instalarse allí durante los años que durase la misma.

Blanca, en su eterna búsqueda de lo que no se vé, llegó hasta el centro que regentaba Aurora de terapias alternativas, para iniciarse en  esas energías que sentía  cada vez más.

Así fue como iniciaron una relación que aunque no llegó a ser de amistad, sí de mutua confianza y simpatía. Por eso tras una de las sesiones en las que Aurora le imponía las manos. Blanca le comentó como se había sentido al hacer ese túnel, cómo una poderosa sensación de conexión la unía a esa tierra cada vez que pasaba por ella. Y cómo  decidió estudiarla más en profundidad, hasta que llegó a descubrir, que en un lugar algo apartado, había restos arqueológicos de un antiguo altar, posiblemente del neolítico.

Era pues tierra sagrada y por eso sentía que su ser se expandía cada vez que llegaba a  ella.

Paralelamente en el tiempo, a la vida de Aurora llegó un hombre con el que vivió una corta relación que no llegó a cuajar, pero que sí le dio más datos sobre esta historia.

Manolo, aparejador y dueño a la sazón de la empresa de derribos contratada para volar la montaña donde debía hacerse el túnel, apareció en su vida de la mano de su amiga Rafaela, tan querida como entrañable,  y durante dos o tres meses jugaron a intentar a amarse sin llegar a conseguirlo.

Los unía sobre todo y quizás únicamente, su búsqueda interior, su deseo de averiguar lo que ni se ve ni se oye, al menos con los sentidos físicos y por eso una noche Aurora le comentó lo que Blanca le había contado acerca de esa tierra que él estaba horadando.

Pareció que al referírselo un terremoto lo sacudiera de arriba a abajo. Abrió los ojos y la boca al unísono, se llevó las manos a la cabeza y se levantó de la silla como si algo le quemase por dentro.

¡No te lo vas a creer! Casi gritó mientas se dirigía a ella tomando sus manos entre las suyas.

Y así, en esa intimidad que solo los amantes crean, le fue desgranando las emociones que había sentido mientras volaban la montaña. Le relató con lágrimas en los ojos, como sintió, como nunca antes había sentido, el dolor de la tierra, como cada explosión le retumbaba en lo más profundo de su ser y cómo llegó incluso a llorar amargamente cuando las rocas saltaron por los aires.

Hablaron con Blanca y planearon ir todos al lugar sagrado donde se encontraba el altar y que ella había protegido con balizas, dando la orden de que a su alrededor se plantaran árboles de los destinados a sujetar la tierra tras la construcción del túnel.

Pero ocurrió lo que tantas veces pasa, que la vida pasó por ellos.  A Blanca la enviaron a un nuevo destino lejos de allí y los aprendices de amantes se rindieron ante la evidencia de la imposibilidad de amarse, perdiendo el contacto y el trato.

Unos meses después de la inauguración de la autovía, Rafaela acudió al centro de su amiga a dar una charla sobre una nueva terapia. Y sin saber nada de lo relatado hasta ahora, le comentó a su amiga que al atravesar el túnel había sentido que se metía en un portal multidimensional, y que el corazón se le había acelerado en el pecho.

Por todo eso Aurora debería haber tomado conciencia de ese túnel desde la primera vez que pasó por él, pero curiosamente hasta ese día no lo había hecho.

Volvía precisamente de ver a Rafaela, de probar una de las nuevas terapias energéticas que  su amiga tan bien manejaba. Vivían en ciudades relativamente cercanas, apenas una hora de coche, que Aurora con su gusto por la velocidad reducía aún más. En cuarenta y cinco minutos tenía hecho el recorrido más que de sobra. Y más, si como en esa ocasión, la autovía era prácticamente para ella. Esas nubes que amenazaban tormenta habían desanimado a la gente a salir.

Por eso quizás ese día se fijó más en el túnel, porque solo ella lo atravesaba. Y de pronto sintió que  estaba en un espacio distinto, que el tiempo se había parado, que las dimensiones se entrecruzaban. Instintivamente miró el reloj, eran las cinco menos cuarto de la tarde, en quince minutos más estaría en su casa.

Sin embargo un hormigueo la recorrió por dentro, no podía dejar de sentir la presencia de ese túnel como algo vivo, algo que intentaba comunicarse con ella, hablarle. Sintió que el tiempo se detenía, recordó una película en la que los protagonistas al atravesar un túnel, llegaban a una realidad paralela y por un momento pensó que estaba inmersa en algo similar.

Sin embargo al salir de él los paisajes eran los de siempre. Miró a su alrededor y sonrió. Todo estaba en orden… todo salvo la hora que marcaba el reloj. Eran las seis y media de la tarde.

El túnel media dos kilómetros y medio y no había disminuido la velocidad al atravesarlo…

Era evidente, el túnel le había hablado.

URL: http://elfaromotril.es/?p=106414

Escrito por ElFaro en 4 jun 2018. Archivado bajo Opinión. Puedes seguir las respuestas de esta entrada por el RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta o un trackback a esta entrada

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