El Faro

LOS CUENTOS DE CONCHA

VIDAS ROTAS

CONCHA CASAS -Escritora-

Prepararon el equipaje. No solo se componía de ropas y enseres, sino que iba cargado de ilusiones. Cuando partieron hacia Alemania iban Román y ella solos, ahora eran seis. Llegaron seguidos, uno detrás de otro. Elvirita primero, Juan, Andrés y Luis después. No pensaban tener tanta descendencia, habían ido allí a trabajar para poder cambiar de vida y ahorrar para comprarse una casa, donde establecer su hogar.

Pero fueron viniendo los hijos y con mucho sacrificio consiguieron sacarlos adelante.

La muerte del abuelo había precipitado las cosas, Román era su único hijo, de manera que lo poco que tenía fue para él. Vendieron las viñas y la casucha del pueblo y por mediación de otro pariente, compraron un piso a las afueras de la ciudad más cercana a su lejano municipio, en la costa malagueña. Lo importante es que podían volver a España, sus sueños empezaban a hacerse realidad.

Primero se iría ella con los niños. Era mejor así, la convenció Ramón. Elvirita tenía edad ya de escolarizarse y  era mucho mejor que lo hiciese en España.

A ella le costó dejarlo. Nunca se habían separado, lo conoció cuando tenía 14 años y desde entonces su vida había sido él. Pero tenía razón, era mejor así. Él seguiría trabajando y podía mandarle dinero, mientras conseguían algún buen empleo en España.

Le dolió la despedida. Aunque lo intentó, no logró controlar las lágrimas, ¡lo quería tanto!

Todavía existían vagones de tercera y en esos les tocó viajar. Sintió que se convertía en un pulpo. Llevaba una maleta, dos bolsas grandes, otra pequeña con comida para el camino y cuatro niños cogidos de la mano.

El viaje fue eterno y las condiciones las peores, pero en aquella época oscura estaban acostumbrados a la escasez y la miseria, no le pedían mucho a la vida, tampoco tenían tiempo para otra cosa que no fuera buscar el sustento diario. Y con esa resignación cristiana que tan bien les inculcaron y que los convirtió en una masa perfectamente manejable, asumían totalmente cualquier desgracia que la vida les deparase, por dura o trágica que fuera. Eran gentes prudentes, bien domadas.

Llegaron al fin a su país.

Sin embargo Elvira no podía dejar de sentirse extraña entre los suyos. No conocía a nadie. Y una mujer sola en aquella época oscura y hostil poco podía hacer casi nada, salvo cuidar de sus hijos y trabajar para sacarlos adelante. Pero eran demasiado pequeños y hasta que no llegase Román y se organizasen, no sabía como iban a hacerlo. De momento esperaría. Traía algo de dinero, lo suficiente para afrontar los primeros gastos y esperar la llegada de su hombre.

Los primeros días pasaron tan deprisa que casi ni se enteró, cuatro chiquillos dan para mucho. Ni que decir tiene que por aquel entonces no existían en los hogares españoles ninguno de esos inventos que harían mucho después la vida  más fácil. Lavar, coser, cocinar, planchar para tantos, etc.,  le ocupaba todo el día.

Pero eso fue al principio. Tras las primeras semanas de espera, vigilaba ansiosa la llegada del cartero. Si su Román se retrasaba debía ser por algo grave, y sin duda debería notificárselo por carta.

Pero como en el viejo romance “pasó un día y otro día, un mes y otro mes pasó, un año pasado había” y el que prometió volver, no lo hacía.

Después de los tres primeros meses de espera, sus escasos fondos habían menguado, hasta prácticamente desaparecer. Pero en esos primeros momentos la angustia por Román era superior a todo lo demás, la asfixiaba y le impedía pensar en otra cosa que no fuese él.

Tras llorar sin descanso día y noche durante un tiempo que le pareció infinito, una mañana se despertó sin lágrimas. Sintió que ya no le quedaba ninguna y decidió ponerse manos a la obra.

Sin embargo iba a ser mucho más duro de lo que esperaba. Lo peor aún no había llegado. Empezó por los niños, debía matricular a Elvirita en el colegio y los otros… ya se vería qué hacía con los otros. Ramona, la vecina de enfrente, tenía una caterva de chiquillos y en más de una ocasión se había ofrecido a quedarse con los suyos, total tres más ni se notarían.

Pero al ir a matricular a la niña, cosa en teoría fácil, se encontró con lo que sería un continuo desde entonces, una mujer no tenía capacidad legal para nada. Sencillamente sin un hombre al lado, no existía. No podía abrir una cuenta en un banco, ni disponer de un crédito, ni comprar a plazos, ni matricular a sus hijos.

Desesperada, tuvo que recurrir a su familia. Hasta entonces no había querido hacerlo, hubiese dado cualquier cosa por evitarles el disgusto que les iba a dar, y sobre todo tener que explicar algo que para ella carecía de sentido y que el solo hecho de recordarlo, hacía que su corazón volviera a partirse en mil pedazos.

Aún así no le quedó más remedio que hacerlo. Optó por no contestar a ninguno de los porqués que esgrimían sin parar. No solo porque le fuese terriblemente doloroso, sino simple y llanamente, porque la primera que carecía de respuestas era ella. Hubiese preferido creer que había muerto, pero sabía que no era así, la verdad era mucho más terrible: la había abandonado. Tuvo que pasar más de un año sin noticias, para que las autoridades reconocieran la situación de abandono y para que así su hermano pudiera convertirse en el tutor legal de los niños … y de ella.

Trabajaba hasta el alba. De día limpiaba en todas las casas que encontró y de noche se dedicaba a la suya. A sus hijos apenas los veía. Le entregaba parte de su salario a Ramona y esta les daba de comer.

Se acostumbró a no pensar y a no recordar. Pero aún así, a veces se le escapaba una lágrima y un suspiro ahogado en forma de porqué

Repasó mil veces los últimos momentos, y por más que buscó no encontró nada que le pudiera dar una pista sobre lo que pudo haber ocurrido. Si bien es cierto que desde que comenzaron a llegar los niños, uno detrás de otro, apenas tenía tiempo para otra cosa que no fuese atenderlos. Si Román había estado raro, ella sencillamente no se había dado cuenta. No tenía tiempo.

Su vida se convirtió en una vorágine, en la que solo había tiempo para el trabajo y poco más

Tardó siete años en saber, a través del único pariente de Román que mantenía contacto con ellos, lo que había ocurrido. Mientras ella se dedicaba a criar niños, él buscó otro nido. Allí mismo, en Alemania, con otra española, tuvo incluso hijos con ella, el primero entre Andrés y Luis, luego dos más.

Sí volvió a España, como estaba previsto, pero no con ella, sino con la otra. A ella y a sus hijos los montó en el tren de aquella lejana estación, para apartarlos de su vida para siempre.

Todo el dolor acallado durante tanto tiempo renació, acompañado esta vez por la rabia. Las lágrimas volvieron a ahogarla.

Pero no hay mejor terapia que el trabajo duro, y de eso a ella le sobraba. Un día al levantarse decidió vestirse de negro, su marido había muerto. Decirlo en voz alta fue una terapia que le ayudó a enterrarlo para siempre, al menos en su corazón, donde ya nunca habría sitio para él. Le guardó luto dos años, y cuando se lo quitó, lo había olvidado definitivamente.

Nunca jamás hubo más hombre en su vida. Aunque hubiese querido no habría tenido tiempo, ni ganas, ni voluntad, ella era mujer de un solo hombre.

Treinta y seis años después del abandono, cuando ya todo estaba enterrado en la oscuridad de los tiempos, recibió una notificación de un bufete de abogados. No podía dar crédito a lo que veían sus cansados ojos, saliendo de entre los muertos ¡Román le pedía el divorcio!

Una  carcajada salida de lo más profundo de su alma, rompió el silencio de la habitación, desmayadamente se dejó caer sobre una silla y como una autómata fue rompiendo en mil pedazos ese absurdo trozo de papel, que intentaba ligarla a un pasado que no existía, que había muerto hacía ya mucho ,muchísimo tiempo

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Escrito por ElFaro en 7 may 2018. Archivado bajo Opinión. Puedes seguir las respuestas de esta entrada por el RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta o un trackback a esta entrada

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