El Faro

LOS CUENTOS DE CONCHA

SIN DESTINO

CONCHA CASAS -Escritora-

Inicio esta carta sin saber si algún día llegará a su destino Sin saber siquiera quién será su destinatario. Pero siento la obligación de hacerlo, algo interno me impulsa a dejar constancia de  mi viaje al infierno. Un viaje para el que nunca pensé en comprar billete. Tarde descubrí que ese trámite era innecesario

Todos estos últimos años de mi vida están envueltos en una espesa niebla gris. Y podría decir que son mis únicos recuerdos, porque ir más allá es demasiado doloroso. Ir del gris a la luz es como una puñalada, pero no precisamente en mi pupila, sino en lo más profundo de mi alma. Si es que soy merecedor de algo que según las escrituras nos asemeja a Dios.

Todo fue muy rápido, tanto que me cuesta distinguir como  y donde empezó. “Andas con malas compañías”, me decían los que me querían. Pero no quise escuchar, vivía en un mundo donde todo era fácil, o al menos yo así lo creía, y de satisfacción inmediata. El alcohol, las chicas, las drogas… todo estaba a mi alcance.

Al principio lo disfrutaba por el mero hecho de pertenecer al grupo, pero poco a poco necesite más y pasé a la acción. “Poca cosa” me engañaba a mi mismo, “vendo unos porritos a los chicos del barrio y ya “

Pero nunca era suficiente. El dinero que entra fácil, se va con la misma facilidad.

Llegué a hacer mucho, muchísimo dinero. No sé cuanto pasaba por mis manos, pero nunca se quedaba. Mi popularidad crecía cada día. Me gustaba impresionar a cualquiera que se dejase hacerlo con el brillo del vil metal. “Cóbrame todo lo de la barra”, fanfarroneaba, sintiéndome con ello el más de lo más. Las  chicas siempre pululaban a mi alrededor. Era generoso, sabía gastar y siempre había alguien dispuesto a dejarse impresionar.

La ambición no tiene fondo, cada ver quería más. Quería y necesitaba. El fuego se había apoderado de mis venas y ya no había nada que lo calmase. Quería más, más, siempre más.

Mi popularidad empezó a descender tan deprisa como crecía mi dependencia

Mi decadencia física hablaba por mí. Mis antiguos “compañeros” de farras se burlaban y se negaban a fiarme las dosis necesarias para seguir fingiendo que era una persona.

La locura iba apoderándose de mi. No solo todo era gris, sino que además pesaba. Sentía que una enorme losa me impedía salir, mi mente estaba aprisionada por miles de fantasmas hambrientos  que amenazaban con devorarme.

Paralelamente a mi descenso al Averno, lo fui perdiendo todo. Amigos, si es que alguna vez los tuve; familia, el poco contacto que aún mantenía con ella desapareció tras la segunda vez que les desvalijé la casa y amenacé a mi madre con una navaja (que posiblemente hubiese llegado a usar); y por supuesto a mi mismo. Aunque posiblemente esa fue la primera pérdida.

Me convertí en escoria. Era un apestado dispuesto a hacer cualquier cosa para hincarme fuego una vez más. Y así lo hice. Hice  lo peor que un ser humano pueda llegar a hacer jamás… pero no creo necesario entrar en detalles morbosos. Me convertí en un monstruo, valga con eso.

Empecé a entrar y salir de la cárcel como quién va de compras. Cuando la droga escaseaba hice de todo. Me aficioné, en los peores momentos del mono, al consumo de alcohol, y no hablo de bebidas alcohólicas, sino a alcohol de quemar, mucho más  al alcance de mis posibilidades.

Si veía a algún pobre desgraciado como yo pinchándose, no vacilaba en agredirlo y sacarle de las venas lo que quedase para meterlo en las mías. Así introduje además de caballo, un par de virus, el de la hepatitis C y el del Sida. Me convertí en un apestado por derecho propio.

Arrastraba mis deshechos por los arrabales y suburbios, hasta que una noche decidí aventurarme en la  ciudad. Amenazaba con una jeringuilla al primer infeliz que se cruzase en mi camino…

En un último atisbo de lucidez decidí comprar la más pura del mercado y poner fin a esa perra vida, dándome un homenaje en forma de sobredosis

Pero no tenía ni libertad para decidir mi propia muerte. Un grupo de skin se cruzó en mi camino y me apalearon hasta que consideraron que ya no “apestaría” más a nadie. Arrojaron mis restos  a un vertedero. Fueron los operarios de la limpieza municipal los que me encontraron dos días después.

De milagro calificaron que aún estuviese con vida. No sé porque medios consiguieron que una organización religiosa se hiciese cargo de mi.

Supongo que habré pasado inconsciente el tiempo suficiente para no sufrir el “mono” al despertar, aunque sigo sedado hasta las cejas.

Sé que mi fin es inminente. Veo ciertos preparativos que si mucho no me equivoco son para mi funeral. Me da igual. Llevo muerto mucho tiempo, esto será solo un trámite más, el último

Según huye de mí el último hálito de vida, se va alejando la bruma gris y la losa que me aprisionaba. Desde esta tenue claridad, necesito que me perdonen todos los “muertos” que he ido dejando en el camino. Daría lo que fuese por reparar tanto daño como he causado. Pero ya  no tengo nada, ni siquiera la vida, si al menos esta carta sirviera para algo yo….

URL: http://elfaromotril.es/?p=102161

Escrito por ElFaro en 12 mar 2018. Archivado bajo Opinión. Puedes seguir las respuestas de esta entrada por el RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta o un trackback a esta entrada

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