El Faro

LOS CUENTOS DE CONCHA

REGALOS ENVENENADOS

CONCHA CASAS -Escritora-

Entró en su vida sin que nadie lo llamara. No solo no lo esperaba, sino que ni tan siquiera sospechó que él acechaba su existencia para colarse en ella.

A pesar de su ímpetu al hacerlo, Rosa se resistió una y otra vez a dejar entrar en su vida a ese hombre que parecía apropiarse de ella en cada mirada.

La primera vez que lo vio, andaba en los ritos finales de un largo noviazgo que contra todo pronóstico, no acabaría en boda. A  pesar de la pena que ese final tan lejano al de los cuentos de su infancia le producía, sabía que era lo mejor para él y para ella.

Enredada en ese sufrimiento, la figura de Luís se le seguía antojando lejana, a pesar del continuo intento de cercanía por su parte. A veces se sorprendía teniéndolo enfrente y ocurrió que de tanto verlo cuando no lo esperaba, acabó por acostumbrarse a él.

Cuando la ruptura con  Alberto, el que iba a ser su marido y el padre de sus hijos, de esos hijos que ya nunca tendría, al menos con él, fue una realidad en su vida, el peso del dolor cayó de golpe sobre ella.

Nunca pudo imaginar que sufriría tanto, que las lágrimas se convertirían en sus asiduas compañeras y que el corazón que a ella se le antojaba como un órgano sólido, podría licuarse en su pecho como lo estaba haciendo.

Y fue así como aprovechando esa pena, Luís consiguió ser el pañuelo que ella necesitaba y el recipiente en el que volcar un dolor que amenazaba con ahogarla.

La buscaba siempre sonriente y siempre presto a calmar su pena. Ponía para ello todos los medios que encontraba a su alcance, que al ser él un hombre rico, eran muchos y variados.

Pocas mujeres fueron tan agasajadas como lo fue ella, pocas recibieron tantos presentes a cambio de una simple sonrisa y pocas llegaron a sentirse las protagonistas del extraño cuento de hadas, que ese hombre que entró en su vida sin que nadie lo llamara, preparó para ella.

Fue tanto el agasajo y tanta la atención que a pesar de saber, como siempre supo, que no lo quería, al menos no como él quería que lo quisiera, se dejó querer por él.

Nunca lo engañó, ni le hizo creer que lo suyo llegaría más allá de donde ya había llegado, pero entre bellas palabras y bellos regalos, Luís  fue creando una tupida tela de araña en torno a ella, de la que de pronto no supo como salir.

A cada nuevo encuentro acudía Lidia dando por hecho que sería el último, pero esa intención se evaporaba entre las tiernas palabras de amor y los interminables presentes que ya más que agasajarla, comenzaba a agobiarla.

Entonces Luís comenzó a utilizar otro mecanismo tan antiguo como la humanidad: la culpa. Dolores nuevos sobre viejos achaques cuyo origen él situaba en la fría actitud de la que se había convertido en el único objeto de su existencia.

Desagradecida, insensible, ingrata…. Esos comenzaron a ser los adjetivos habituales de quien antes solo le dirigía palabras de amor.

A cada retirada de ella se producía un acercamiento de él, siempre acompañado de los más hermosos presentes, que por otro lado ella ya no quería aceptar. Pero entonces él utilizaba los ardides más fáciles para manipular la voluntad de quien decía era la mujer de su vida y la única de su corazón.

Desabordada por sus palabras acababa por aceptar unos regalos que apenas iniciaba su intento de liberarse del yugo que ese hombre quería imponerle, eran utilizados echándole en cara uno a uno, una y otra vez.

Pero al intentar devolvérselos, él llegaba lloroso  implorando su perdón y excusándose en que sin ella la vida no tenía sentido y demás zalamerías  que conseguían despertar la pena en el corazón de la joven, que ya no sabía si sufría por el dolor de él, o por el agobio de ella.

Y así esa rueda agobiante y obsesiva fue cerrándose en torno a ella en un proceso de manipulación, orquestado desde la mente enfermiza del que en nombre del amor, amenazaba con ahogarla.

Tardó casi diez años en escapar de su particular torturador. Cambió su número de teléfono, su dirección de correo y al final incluso su domicilio también. Pero al final consiguió liberarse del que en nombre el amor pretendió atarla con las cadenas invisibles de aquellos regalos envenenados.

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Escrito por ElFaro en 19 feb 2018. Archivado bajo Opinión, Pliegos de Alborán. Puedes seguir las respuestas de esta entrada por el RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta o un trackback a esta entrada

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