El Faro

SEGÚN DEL LADO DE LOS 50 CM

NORMALIDAD, MALDITA NORMALIDAD

MANUEL MARÍA

Calle Ancha. Motril. Sábado. Un sábado más. Otro sábado. Comienza el fin de semana. Una vía más que principal -tanto histórica como cotidiana-. Comienza el día para algunos; para otros ya llevan mucho día. Frío, hace mucho frío. Bajo la calle casi desértica. Acompañado, bien acompañado.

La vida discurre… todo sigue ahí… unos fuman, en la puerta de los bares; otros beben, dentro de los bares…; otros compran; otros van a realizar la compra; otros a sus tareas- impuestas o necesarias-…

La vida sigue… La muerte… también… La “parca” continua en su tarea… ¡maldita tarea!- unas veces impuesta otras necesaria-.

No hemos andado más de lo necesario…- nunca considero bastante para encontrarte con esto-… de repente, algo llama mi atención:

- ¿Qué pasa ahí? Hay policías…- pregunto, ingenuo de mi, si sobresaltarme demasiado.

- ¡¿Es qué no lo ves?! ¡Mira al lado!- me responde mi compañera, siempre más avispada que yo-.

Ahora si lo veo claro, bueno es un decir, ahora si veo la situación en conjunto…una sábana blanca cubre un cuerpo, ya, inerte, tendido en el suelo… tirado en el suelo…

Alguien, que hasta hace poco rato era eso, alguien, ahora no era más que un bulto tirado en el suelo de la calle, cubierto por una sábana, y con la sola compañía de dos “maderos”- perdón, madero y madera, no quiero que nos sintamos ofendidos por la sintaxis, presumiblemente, “machista”,  no es mi intención-.

La gente discurre, pasa, mira de reojo, pregunta con disimulo, los murmullos crujen.

Todo transcurre con normalidad… ¡Maldita normalidad!.

Aún me puedo acordar de cuando de crío, comenzaba a trabajar en un bar, y los clientes que, solía pasar, se encontraban jugando al rentoy, al pasar un coche fúnebre, seguido del ataúd y sus acompañantes -antes era tradición llevar al difunto a hombros, hoy cada día menos…- pero como digo, ellos jugando y pasaba la triste comitiva, todos, y digo TODOS, dejaban el juego, dejaban las cartas sobre la mesa -algo para ellos sagrado, las cartas- se ponían de pie, saliendo a la puerta del establecimiento y se descubrían- unos del sombrero, otros de la gorra- y se unían en un silencio profundo; en un silencio que ponía la carne de gallina. Todos en la calle, mujeres, hombres, niños, todos, se paraban… algunos se santiguaban, otros suspiraban… pero todos se paraban ante tan insufrible e irremediable suceso; a nadie le importaba quien fuese… TODO se detenía por unos instantes, TODO.

Hoy, hoy no… Hoy nadie se ha levantado. Hoy nada se ha parado. Hoy no hay cartas sobre la mesa, abandonadas, sin importar el resultado de la partida. Hoy nadie se ha descubierto. Hoy nadie se ha santiguado. Hoy … hoy solo se ha parado el mundo para “uno”; hoy solo se detiene la vida para él, da igual sea quien sea, el mundo se ha parado, todo se ha terminado.

Reseñar que mañana- que egoísta ¿no?- nos puede pasar a cualquiera de nosotros.

Egoísta o no, lo interesante, al menos para mi, es que nos hemos acomodado, nos hemos acostumbrado a verlo todo como normal, como rutinario; y lo peor, creo, es que dentro de ese todo entra también, por desgracia, la muerte…

No somos capaces ni por un momento de pararnos a pensar el dolor, la pena, la descolocación, la fractura, el impacto que toda muerte, toda, produce en alguien.

No voy a entrar en las horas que ese cuerpo inerte ya, estuvo abandonado, despojado de su dignidad -la que pueda quedar en esos instantes-, padeciendo el frío de la mañana, padeciendo el frío suelo, cubierto tan solo por una sábana- vaya tontería, de otra parte, los médicos están hartos de decirnos que una vez muertos, el cuerpo pierde su temperatura, y deja de sentir y padecer; pero no me digan que la sensación, al menos la mía, no era esa: con el frío que hace, con el frío que todos tenemos, y él, el pobre, tumbado en el frío y helado asfalto de una esquina -con la sola compañía de un par de policías a los que seguro que ni conocía, padeciendo la mirada de todos los “goleores” que por allí pasábamos… mientras esperaba- impávido- la llegada de alguien que dispusiera sus últimos movimientos.

Alguien que seguro tenía algo mejor que hacer… a fin de cuentas: Ya estaba muerto… ¿no?, pues NO, yo, y me van a perdonar, no pienso así… creo que no era un perro, creo que no era un animal el que yacía allí; no era un animal el que había perdido de golpe -lo que llaman los golpes del azar- todo; y ahora, gracias a nuestra desidia, a nuestro acomodamiento, se veía obligado a perder lo único que le podía quedar, los últimos restos de dignidad, los últimos vestigios de decoro, de intimidad… los últimos restos de disfrute con sus personas queridas- que seguro que las tenía-.

Descanse en paz esta pobre criatura.

Descanse en paz este congenere mío y de nosotros que, por todo un día, me ha recordado lo que somos, lo que valemos, y sobre todo, lo que llegamos a ser.

Un saludo. ¡Ah! Y por favor, no lo olviden… INTERACTUEN…

URL: http://elfaromotril.es/?p=100775

Escrito por ElFaro en 14 feb 2018. Archivado bajo Opinión. Puedes seguir las respuestas de esta entrada por el RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta o un trackback a esta entrada

2 Comentarios por “SEGÚN DEL LADO DE LOS 50 CM”

  1. Jorge Blas

    Si, Manolo.
    triste porque estaba en la calle con una sábana….
    y cuando te los encuentras en sus casas…
    Exactamente igual……eso si, sin policía ni hostias,
    no se que es peor, humanamente hablando.
    y sabes de lo que hablo y porqué te lo digo…
    saludos..

  2. Marite

    Nos hemos deshumanizado de tal manera frente a algunas situaciones,que hechos como el anterior,hacen que podamos ver hasta donde llega nuestra indiferencia hacia la muerte de una persona.Y el posterior respeto que esa persona nos debería imponer.

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