El Faro

EL ÚLTIMO VIAJERO ROMÁNTICO

LOS ESCONDIDOS Y LA BATALLA FINAL

IÑAKI RODRÍGUEZ -Escritor-

Al despertar, vi que el cangrejo ermitaño había hecho un macuto con algas y lo sujetaba con un palito. Parecía estar esperándome. Su actitud me hizo gracia.

―¿Qué haces? ―le pregunté

―¿Vamos a salvar al mundo… recuerdas?

―¡Ah! muy bien. Estoy casi listo. Espera un momento por favor.

Estiré los brazos bostezando y me tiré al mar como Dios me trajo al mundo en aquella playa solitaria. No sabía la hora, ni el día, ni el año en que estábamos, pero me daba igual y además los únicos ojos que me miraban eran los de un cangrejo.

Al salir del agua me preparé para irnos y le pregunté al crustáceo mientras me vestía:

―¿Por qué te he de llevar a ti y no un saco rebosante de estos primos tuyos?

―Porque soy grande y valgo por diez de estos chicos. Las brujas valorarán mi tamaño. Les vamos a gustar tanto… en cuanto nos vean nos agarrarán y nos matarán a los dos…

―Qué bien… me has convencido. Entonces vámonos ―le dije con el sarcasmo de un condenado a pena de muerte que sabe su fin y en su locura ya todo le da lo mismo.

Subimos monte arriba dejando el mar y la calidez de aquella playa cada vez más lejos, sintiendo cada vez más cerca la fría muerte y la sucia rambla.

―El hombre no es el creador, es el inquilino que debe proteger la naturaleza con gratitud ―me dijo mientras caminábamos por aquellos cerros. Entonces sin venir a cuento se animó y grito―: ¡No buscamos gloria, ni riqueza, ni prestigio, solo el derecho a vivir en este lugar llamado tierra!

De pronto vimos decenas de personas que corrían por las laderas y se escondían al vernos. Parecían muy raros e intranquilos.

―¿Quiénes son? ―pregunté.

―Son los escondidos. Después de la última gran guerra es lo que nos queda. Hay que resignarse. Algunos tienen tres brazos, otros una pierna, otros dos cabezas… y así las malformaciones nunca acaban de contarse, es el legado que hemos heredado en este planeta.

Pensé entonces que debíamos de estar en algún tiempo posterior al año 2015 y que el ser humano se había convertido en un ser que ya poco tenia de humano. El temor a una guerra nuclear se había cumplido y ahora, por si fuera poco, la tierra entera estaba a punto de ser devorada por un enorme agujero negro. Todo parecía una pesadilla hecha realidad. Era un espectáculo desolador ver a nuestro paso aquellos ojos sin vida camuflados entre las inertes rocas. Miradas perdidas en el desierto de la desesperación. Cuerpos deformes, fruto podrido de la necedad de los hombres. Quien a hierro mata… pensé con pena. Seguimos adelante sin fijar mucho nuestras miradas en ellos intentando no asustarlos más de lo que estaban. Tratamos de llevar un paso alegre y la cabeza bien alta a pesar de ir como dos cerdos en busca de su San Martín.

Cuando bajamos al valle, al atardecer, un enorme ejército de brujas montadas sobre corceles negros nos aguardaba frente al castillo. Las acompañaban multitud de hombres altos y recios. Alguien había dado la voz de alarma. Nuestro plan se desvaneció como una hoja en otoño. El cangrejo y yo, con la cabeza bien erguida y la vista al frente, continuamos nuestra marcha hacia aquella fortaleza contando al enemigo por miles. No se cómo, pero en medio de mis miedos, recordé una canción y tararearla me elevó un pelín el ánimo. Unos pastos nos separaban de una muerte segura cuando de pronto miles de escondidos se unieron a nuestro paso. Salían de todas partes: de los montes adyacentes, de la sierra escarpada, de las playas, de entre las rocas… Los escondidos por fin se descubrieron ante nosotros y nuestra moral tocó las nubes. En cuestión de segundos capitaneábamos un gran ejército armado con piedras, lanzas y palos. Comenzó a oscurecer. De pronto el portón principal del castillo descendió lentamente. El ruido que hacían las cadenas al chirriar se oía perfectamente desde nuestra posición. Entonces vi a Selena por primera vez, con un hermoso vestido blanco y una espectacular melena negra entregada totalmente al viento. Estaba quieta, tranquila, cuando enseguida comenzó a caminar hacia el campo de batalla custodiada por hombres que de pronto se convirtieron en perros. Todos aquellos guerreros que acompañaban a las brujas comenzaron también a transformarse en fieros canes con los primeros resplandores de la luna. El ejército enemigo formó en tres grupos. La finalidad era evidente. La primera horda trataría de desbaratar nuestras filas y cuando nuestras tropas comenzaran a correr, la segunda y la tercera horda nos darían caza sin más. Le di instrucciones al cangrejo, que caminaba mucho más rápido que yo. Había que darse prisa. El que pensara más rápido y con mayor claridad vencería la batalla. A nuestro favor jugaba que la rambla y la sierra estaban justo detrás del enemigo, en nuestra contra, que éramos menos y se hacía de noche. Si lográramos que retrocedieran venceríamos.

―¡Forma escuadrones de lanceros, que mantengan sus lanzas bajas. En la retaguardia deja a los que lleven piedras y detrás a los que lleven palos! ―le grité a mi amigo el crustáceo, ahora mi lugarteniente.

«Los lanceros acabarán con perros y caballos y las brujas, una vez en el suelo, serán aniquiladas por los que lleven palos ―pensé minuciosamente―. Las continuas pedradas los mantendrán desconcertados».

El ejército enemigo lanzó su primera ofensiva contra nosotros. Nos superaban en número. Se formaron con unos centenares de caballos de línea en el flanco izquierdo y comenzaron a avanzar. La lentitud con que lo hacían me hizo desconfiar. Venían hacia nosotros a cámara lenta.

―¡Alternar lanzas punta arriba y punta abajo! ―grité.

Las brujas elevaron en un santiamén sus caballos en el aire y emprendieron rapidísimamente el vuelo hacia nosotros mientras los perros corrían ladrando endemoniados justo debajo de aquella esperpéntica patrulla aérea. Los escondidos me siguieron impresionando. No solo captaron la idea rápidamente sino que nuestra defensa se convirtió en ataque, avanzando nuestros escuadrones en una formación perfecta de seres  contrahechos y lisiados alentados por un cangrejo corriendo aquí y allí, moviendo sus antenas, gritando y repitiendo sin cesar:

―¡Ahora o nunca, ahora o nunca!

Los primeros caballos fueron masacrados por nuestros lanceros con las puntas hacia arriba y los perros exterminados por nuestros lanceros con las puntas hacia abajo. Entonces las brujas caían apedreadas entre nuestras tropas de retaguardia donde las apaleaban hasta acabar con ellas. El enemigo, al ver que salíamos victoriosos de todos los combates, cogió sin dudarlo a Selena y llevándola a un árbol rodeado de antorchas la maniataron.

―¡A la carga! ―grité. Y todos avanzamos con las pocas fuerzas que nos quedaban hacia aquel sitio, incluso el ruiseñor se unió a nosotros, al igual que miles de cangrejos que fervorosos se sumaron también al combate. No había en la vida nada para nosotros mas importante en ese momento que aquel árbol guardián y celda de la bella muchacha, heroína y cautiva. Pero de pronto el mundo comenzó a girar. La tierra que pisábamos empezó a dar vueltas. Todos nos sentimos arrastrados en ese movimiento en espiral hacia ningún lugar, o mejor dicho, hacia un lugar donde seguro seríamos muy desdichados. No me gusta la oscuridad. Necesito el sol como el pez necesita el agua.

En el aire gritó el cangrejo:

―¡Un solo corazón!

Y en mi caída hacia la nada pensé en mi infancia. Aquellos maravillosos años donde mi corazón era libre, puro y alegre y poco a poco la Tierra, que en ese segundo se revolvía sobre sí misma como un tornado comenzó a parar. Solo las brujas que sobrevivieron a la batalla se perdieron en el espacio. De pronto se detuvo. Quedamos suspendidos en el aire y una mujer que parecía un ángel me agarró la mano. Entonces la Tierra comenzó a girar de nuevo pero esta vez tratando de recuperar su normalidad a la vez que yo hacía lo mismo con el ritmo de los latidos de mi corazón. Después de varias vueltas en círculo pude despedirme del cangrejo y del ruiseñor que pasaron volando por mi lado, y al cabo de un segundo que pareció una eternidad o de una eternidad que pareció un segundo, aparecí sentado de nuevo en la atalaya donde todo se inició. Selena estaba conmigo y rodeándonos con nuestros brazos nos dejamos conquistar por la efervescencia de un atardecer carmesí.

Al anochecer fuimos a comer un helado como si nada en absoluto hubiese ocurrido. Posábamos nuestros suaves labios sobre aquellos duros cucuruchos como dos niños, hincándoles el diente con gusto y a la vez con pena de pensar que pronto se terminarían. Caminábamos cogidos de la mano en un silencio abismal, solo interrumpido por el allanamiento de las pitadas de un buque a punto de zarpar. La gente se despedía en el embarcadero entre sonrisas y lágrimas y fue entonces cuando tuve la premonición de que no volvería a ver a Selena nunca más. Nos sentamos en un banco junto al muelle y me contó su historia bajo la presencia indiscreta de la luna. Luego se despidió de mí con un beso en la mejilla y entre lo empíreo y lo mundano alejose como aquel barco se alejó en la mar… dejando tras de sí una estela empapada en melancolía.

Y más solo que la una me quedé, en el cenador de un bello parque, observando con mutismo aquella errante luna ensimismado.

URL: http://elfaromotril.es/?p=36283

Escrito por ElFaro en 31 may 2015. Archivado bajo Opinión. Puedes seguir las respuestas de esta entrada por el RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta o un trackback a esta entrada

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